Un viaje para no hacer nada.

Es curioso. Hoy, 29 de marzo, después de dos semana de confinamiento, recordé que había empezado este texto para subir al blog. No hace un mes de este “microviaje” donde buscábamos descansar, no hacer nada y no encontrar turistas.

Ironías de la vida.  Y más como comienza: “Todavía quedan lugares donde no hay turismo”, cual premonición.

Un viaje para no hacer nada. Puente de Andalucía 2020

Todavía quedan lugares donde no hay turismo. No tienen grandes catedrales, apenas bares y mucho silencio. Un lugar perfecto para no hacer nada y dejarte llevar por lo que surja en el momento. 

En la maleta apenas ropa pero llena de libretas, rotuladores, pinceles, libros, incluso el portátil con su disco duro. Y por supuesto  la cámara.

Al final ,te has leído dos artículos, has hecho dos dibujos en la libreta de viaje y no has abierto el ordenador. Porque realmente has cumplido tu meta, no hacer nada.

El tiempo se ha llenado solo.  Paseos, cafés pingados, carreteras bordeadas por árboles y, de fondo, llanos salpicados de encinas.

Todavía quedan lugares donde las ciudades no son maquetas habitadas por turistas.  

Alpalhão un pequeño pueblo del municipio de Nisa, Portugal. Podría  decir que no es bonito, pero tiene ese encanto de lo decadente, con muchas casas vacías. Nada más entrar me fascinó su imponente deposito de agua, arquitectura rural con bonitas ventanas y grandes chimeneas. 

Al caer la noche, la oscuridad, las luces de las farolas, las sombras que envolvían todo ese vacío.

Intentas tomar un café y no encuentras donde. Te sientas en un  bar frente a un campo de futbol vacío. Te sorprende la luz, ya casi es de noche. El cielo parece todavía iluminado con un azul intenso que contrasta con el blanco de las casas de fondo y la iluminación del campo.

Llegan dos o tres lugareños, por su aspecto parecen haber terminado la faenas del campo o del ganado. Semblantes con facciones marcadas por la dureza de sus tareas. Y extrañados por nuestra presencia, dos turistas con la cámara en la mesa.

Y sigues paseando… una farola descubre las ramas de un árbol que se asuma tras el muro.

Cerca de Alpalhão, por una bonita carretera de dos direcciones y con bastantes camiones, te encuentras en lo más alto, un pueblo fronterizo. Marvao. Que recuerda nuestra historia de litigios entre Portugal y España. 

Este pueblo debe ser turístico. Como era tan temprano, no encontramos prácticamente público.

Amurallado, con vistas espectaculares, muchas cuestas, un castillo con su cisterna y bonitas iglesias con sus azulejos portugueses que me fascinan.


A los pies de Marvao están las ruinas de un pueblo romano, Ammaia.

Prácticamente queda el 90% por excavar, pero el museo tiene una colección de vidrio en muy buen estado.

Paseando entre piedras empecé a fijarme en los árboles esparcidos entre las ruinas y comencé a fotografiar. En principio sin intención alguna. A través del visor me fueron atrapando sus formas desnudas, el color, la texturas.

Ya no pude prestar más atención a las piedras, solo buscaba árboles. Buscando el mejor punto de vista, ahí estaban majestuosos, desnudos y retorcidos.

De regreso a Alpalhão paramos en Castelo de Vide, un pueblo animado, con un espectacular barrio gótico, su castillo y su judería. El paso del tiempo se hacía notar en los edificios y en monumentos descuidados.

Por la tarde, en Alpalhão, paseaba con la cámara colgada buscando imágenes para el recuerdo y encontré curiosidades sin ninguna transcendencia.

Dejamos el hotel temprano. En Portugal siempre te levantas una hora antes. Paramos en Portalegre, una bonita ciudad que tuvo una próspera historia, pero en la actualidad se respira decadencia. Maravillosos edificios barrocos, «vestigio del auge de la industria manufacturera de la transformación de la seda«, calles empinadas, muralla, conventos y monasterio.

La ciudad estaba vacía, llovía. Para refugiarnos de la lluvia entramos en un museo de arte antiguo, que visitamos solos acompañados por un guía. Nos recomendaron visitar el museo de tapices.

No me ha interesado nunca la manufactura de tapices, pero realmente este museo me sorprendió. «Hoy en día Portalegre permanece fiel a su legado de tejidos elegantes, conservando incluso una fábrica que produce magníficos tapices de obras de artistas famosos, y un extraordinario museo que muestra dichos trabajos.» Fábrica llevada casi en su totalidad por mujeres.

Increíble el laborioso y meticuloso trabajo el de estos tapices. Papeles cuadriculados, en cada cuadro un número, cada número su color…un puzzle mágico.

Después de llenar la panza con un buen codillo, la gastronomía de esta zona no tiene desperdicio, llegamos a casa. De la cual no he salido desde hace dos semanas.

Pero todo pasará y mientras me queda recordar.

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